Fotocopias Contraloría General de Cuentas

La historia de la mujer no vidente que saca fotocopias en la Contraloría

Hace un par de años hice el trámite para registrar mi título técnico de la universidad y al llegar al punto donde debía llevarlo a la Contraloría General de Cuentas, me topé con la única sonrisa de todo el proceso, la de la señora que sacó una fotocopia de mi DPI. Además de su amabilidad, noté que tenía otra particularidad: ella era no vidente.

El viernes de la semana pasada fui a buscarla y quedamos para platicar en las primeras horas del martes.

Su nombre es Ana García y tiene 50 años. Una fotocopiadora, paquetes llenos de hojas, una caja de efectivo y el escritorio donde se puede leer “por favor hábleme, soy no vidente” así como los costos de las copias, son las únicas herramientas que necesita para desenvolverse.

Sus movimientos fluidos me hicieron pensar que ella había nacido con esta condición y de alguna forma había logrado adoptarse al mundo, pero estaba equivocada. Ana nació con la posibilidad de ver hasta los 21 años. En esa época ella padecía de dolores causados por la inflamación de sus articulaciones y acudió a un doctor que tenía su consultorio cerca de la casa de sus papás, en la zona 5 de la Capital. Él le recetó una serie de inyecciones, pero no hizo las pruebas necesarias para saber si su paciente era alérgica a algún componente de los medicamentos. Los fármacos provocaron una reacción severa en el cuerpo de Ana que después fue diagnosticada por médicos del IGSS con el síndrome de Stevens-Johnson, una enfermedad potencialmente mortal. Sus ojos se secaron e irritaron y la piel se le llenó de manchas y empezó a descamar.

Estuvo internada en el hospital por un mes, del cual permaneció 20 días en el intensivo y su estado era tan delicado que no podía comer ni moverse. Finalmente volvió a su casa bajo el cuidado de sus papás y el apoyo de sus tres hermanos menores. Su piel comenzó a recuperarse, pero con su vista ocurrió lo contrario.

“Tenía toda una vida por delante, era soltera y trabajaba en una empresa naviera y de seguros. Salí del hospital viendo poco y tenía mucha inflamación en los ojos, pero pensé que me iba a recuperar”.

Lo que sucedió en los próximos meses y años fue que la inflamación continuó y los ojos se le secaron por completo al punto que no puede llorar, aunque tenga el sentimiento de tristeza o felicidad. Además le salieron úlceras y tuvo que recibir de emergencia un trasplante de córnea.

Ana se deprimió, dice que no aceptaba su realidad y que cuando finalmente lo hizo, se limitó a quedarse en su casa. Sonríe cuando recuerda cómo la apoyó su familia en esa época y me dice que siempre estará agradecida con ellos.

Después de dos años quiso retomar su vida y finalmente aceptó el consejo que su oftalmólogo le dio: debía rehabilitarse. Acudió a la organización Pro Ciegos y Sordos de Guatemala y allí, además de aprender técnicas para movilizarse y ser lo más independiente posible, encontró el amor. “Conocí varias personas allí, entre ellas a Jorge, quien también era no vidente. Él formaba parte de la jefatura de recreación y deportes del Comité y con el paso del tiempo, la relación se fue estrechado hasta que después de tres años nos casamos”.

La pareja tuvo dos hijos que ahora tienen 18 y 20 años. Cuando estaban pequeños, Ana aún poseía restos visuales, pequeños porcentajes de visión que le permitieron orientarse mejor, realizar las tareas de su hogar y lo que le causa más satisfacción y felicidad: tener una leve percepción sobre los rostros de ambos y ser capaz de cuidarlos mientras su esposo trabajaba.

Con el paso del tiempo perdió la visión completa del ojo derecho y al fallecer su esposo, Ana buscó la forma de seguir sacando adelante su hogar. Ingresó al programa de colocación laboral del Comité Pro Ciegos y Sordos y de allí surgió la oportunidad de aplicar a una plaza en la Contraloría. Un amigo de Pro Ciegos le enseñó cómo usar la fotocopiadora y hace cinco agostos, llena de ilusiones y nervios, se presentó a su primer día de trabajo.

 

 

Además de sacar las copias, Ana vende formularios y sellos para títulos académicos. Cuando le piden uno de estos últimos se levanta de su lugar y camina al área de recepción, donde una de sus amigas lo coloca en el sitio correcto. El equipo de la Contraloría ya estaba costumbrado a tener colegas no videntes y todos la han apoyado.

Estuve junto a ella durante la mitad de un día de su jornada que es de lunes a viernes, de 8 de la mañana a 4 de la tarde. Noté que la máquina tiene unas marcas en relieve que le sirven de guía y también observé que hay gente que no se da cuenta que no ve y le señalan el documento que dejaron en su escritorio cuando les pregunta qué necesitan o no le responden cuando ella les pide indicaciones. Muchos reparaban en los carteles que tenía colocados hasta el momento en que les preguntaba el valor del billete que le entregaban al momento de pagar. Ella distingue la diferencia entre los tamaños y diseños de monedas, entre los billetes de papel y los plásticos, y usa su lógica para saber, por ejemplo, que si le deben dos quetzales y le pagan con dos billetes, no se trata de uno de Q5.

Cuando el caso varía debe confiar en las personas al indicarle la cantidad de dinero que le entregan y lo coloca en el lugar que le corresponde en su caja.

“Todos los días deposito el dinero en el banco y cuando lo revisan a veces encuentran quetzales donde corresponden billetes de Q5. Es mi obligación entregar las cuentas cabales y entonces a veces tengo que poner de mi bolsa para cuadrar todo”.

En cuatro horas contabilicé 61 personas atendidas por Ana. Noté la sorpresa de los chavitos recién salidos de colegio, la confusión de algunas personas cuando ella les pedía que le indicaran de qué lado está la foto de su DPI y lo amables y precisos que fueron otros en cuanto a las instrucciones que debían darle.

La escuché haciendo bromas cuando se daba cuenta que entre un grupo había uno que ya tenía DPI, mientras los demás llevaban una fe de edad; la vi destrabando el papel de la máquina cada cierto tiempo sin ningún problema y hasta dando instrucciones para encontrar un edificio cercano a la Contraloría. La ubicación es crucial para ella y ya que lo más difícil de su vida laboral es el traslado, cuenta las paradas y al sentir los giros sabe más o menos por dónde van los buses que toma para ir desde zona 11 -donde vive actualmente- hasta el Centro Histórico y viceversa.

Aunque su sentido del olfato y gusto se han agudizado, desde que empezó a perder la vista lo que le resulta más difícil de hacer en casa es cocinar, pero sus hijos la ayudan. Juntos han encontrado la manera de formar un equipo sólido y avanzar día a día.

Cuando ocurrió todo, hace 27 años, los papás de Ana decidieron no presentar cargos legales y dejar todo en las manos de Dios. Al poco tiempo se enteraron que el mismo doctor había afectado gravemente a otra persona y finalmente, hace un par de años recibieron la noticia que fue demandado por los padres de un pequeño de tres años al que le dañó el riñón, nuevamente por una práctica negligente.

Ahora Ana disfruta de su vida al 100%, pasa la mayor cantidad de tiempo posible con sus hijos y le gusta escuchar música de antaño, sobre todo la romántica. Cuando le pregunté si extraña algo en particular ella no dudó en su respuesta. “Ver. Me hace falta valerme a totalidad por mí misma y leer”.

Astrid Morales

Soy una veinteañera que edita textos durante el día y busca historias invisibles por la noche. Amante del cine independiente, los vinilos, la fotografía. Me gustaría vivir en un mundo que se vea como una película de Wes Anderson y suene a Kraftwerk.