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Fui a tramitar mi pasaporte y descubrí que soy adoptado

La semana pasada estuve hablado con un amigo y compañero con el que solíamos dar clases en un voluntariado hace dos años. Su nombre es Víctor René Reyes y mientras nos poníamos al día, me comentó con mucha calma que es adoptado.

Me dio curiosidad su historia y mientras nos tomábamos un café hace unos días, accedió a contármela. A pesar que ya nos habíamos puesto de acuerdo para hablar de su adopción, la verdad es que no sabía cómo entrarle al tema. Preguntas como: ¿Te recordás de cuando te adoptaron? ¿Qué sentiste cuando lo descubriste?, y otras parecidas invadían mi mente.

Con la bebida ya a la mitad y perdiendo la noción del tiempo con la conversación, el tema de la adopción surgió de manera tan natural que ni cuenta me di de quién lo mencionó primero.  Víctor nació en Estados Unidos y vivía solo con su madre, según me comentó. Su mamá lo envió con una amiga a Guatemala porque no tenía los recursos económicos para mantenerlo. No sabe cuánto tiempo vivió con ella, solo que la señora no quería que volviera con su madre biológica. Sin embargo, su tía vivía en nuestro país y cuando se enteró de la situación tomó cartas en el asunto. Decidió quitárselo a la señora y criarlo como propio. Víctor no sabe cómo pasó del hogar de la señora al de su tía, a quien en realidad reconoce como su madre. De lo que sí está seguro es que tenía un año y nueve meses cuando llegó a Guatemala, después de separarse de la mujer que le dio la vida.

Durante los próximos 12 años, él no tenía razón alguna para creer que había sido adoptado. “Mis viejos siempre me trataron igual que a mis hermanos mayores y mis abuelos igual”. Por varios años recibió llamadas de su “tía Flor”, una señora que le decía que era de Estados Unidos y que lo invitaba a viajar a su país. Lo llamaba “mijo”, pero él no lo interpretó como algo raro porque mucha gente mayor le decía así.

Él formaba parte de la selección de beisbol de su colegio y cuando tuvieron la oportunidad de viajar para competir en otro país, Víctor tuvo que tramitar su pasaporte.

Fue en ese proceso cuando notó que en su acta de nacimiento, los nombres de sus padres no eran aquellos con los que él había vivido hasta entonces.

Decidió confrontar a su familia, la cual se vio obligada a confesarle la realidad. “Nunca indagué más de lo que me contaron. Quizás hay algo más escondido, pero no quiero saberlo”. Ellos siempre lo trataron como a un hijo más incluso después de haberle contado cómo habían sido las cosas; nunca hubo problemas ni insultos relacionados con el tema y sus hermanos mayores lo siguieron tratando igual. Es por eso que Víctor decidió quedarse con esa versión de la historia y continuar con la familia que lo había rescatado de una desconocida.

Hace dos años viajó a los Estados Unidos para conocer a su madre biológica y a sus dos hermanas. Le insistieron que llegara muchas veces, pero todo se puso más serio cuando le enviaron un boleto aéreo y lo invitaron a participar en la celebración de los 15 años de su hermana menor.

¿Qué sentiste cuando se encontraron?, le pregunté rápidamente, a lo que me respondió que “no tanto”. Víctor describe el encuentro como algo parecido a cuando ves a un pariente lejano, que solo mirás en reuniones familiares. “Fue especial ver a la mujer que me dio la vida, pero nunca la consideré como una madre”.

Actualmente mantiene contacto con su familia biológica y los visitó este año, pero es a su familia adoptiva a la que ve como su verdadero hogar y no está dispuesto a dejarlos ni abandonarlos porque para él, ellos son quienes siempre lo han querido y con quienes tiene una historia de vida.

Sin darnos cuenta, el tiempo había volado y él ya debía irse, pero antes de eso me dijo que está a favor de las adopciones y que está feliz con la vida que tiene. Además, agregó que piensa que las familias que tienen un miembro adoptivo deberían hacerle saber a esta persona acerca de su situación. “Eso ayudaría a aclarar las dudas y sospechas que se tienen y generaría un vínculo de confianza más grande, así como el que ahora tengo con mis papás y hermanos”.

En lo personal, no conozco a nadie más que sea adoptado y pensaba que eran casos muy aislados. Sin embargo, investigando encontré que en el 2008, el Consejo Nacional de Adopciones (CNA) abrió sus puertas. Actualmente son la única institución legalmente autorizada para hacer procesos de adopción en Guatemala y hasta el momento han logrado ubicar a más de mil niños en un ambiente familiar con las condiciones que se requieren para su crecimiento y normal desarrollo.

“Priorizamos las adopciones locales. Cada año, el juez de niñez y adolescencia declara entre 140 y 160 niños como adoptables y nosotros tenemos la capacidad de ubicar a 130”, me explica Rudy Zepeda, vocero del CNA. Además, me comenta que la mayoría de familias busca adoptar niños de entre 0 y 6 años, mientras que los niños entre 7 y 17 años, así como los grupos de hermanos o personas con necesidades especiales son los más difíciles de ubicar. Actualmente tienen un aproximado de 250 personas en espera de formar parte de un núcleo familiar que los acoja y brinde su amor.

Fuentes: entrevista a Víctor Reyes; Rudy Zepeda, vocero del Consejo Nacional de Adopciones, 2415-1600.

Gustavo Soria

Soy un ilustrador y diseñador que ve el mundo a través de una viñeta de cómic. Inmaduramente maduro. La amalgama entre lo que ya es y lo que hace falta.

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