Maquila en Guatemala

Estas personas vinieron a la Ciudad por un trabajo digno y fueron explotadas

Migrar es una idea que se nos ha atravesado a todos por la cabeza en algún momento porque en Guatemala, pobreza y pobreza extrema, la violencia y la falta de empleo son situaciones que afectan nuestra calidad de vida.

En el interior del país, la situación económica de las personas suele ser más precaria y es por eso que muchos llegan a la Ciudad en busca de un trabajo digno y mejores oportunidades, pero en muchas ocasiones encuentran todo lo contrario.

Desde 2015, el Ministerio de Trabajo y Previsión Social reciben más de 30 mil denuncias únicamente en el primer semestre del año y la mayoría son de pagos atrasados de bono 14 o aguinaldo. Sin embargo, se desconoce un dato más alarmante: la cantidad de mujeres y hombres que son explotados detrás de barrotes de tiendas que más bien, parecen cárceles; tortillerías, maquilas, casas particulares, en el caso de las empleadas domésticas, etcétera.

Sonia y Elena formaron parte de ese grupo y vivieron cosas inimaginables. Estas son sus historias:

Sonia – empleada doméstica y tendera

Vino a la Capital a los 15 años de edad. Es la mayor de 4 hermanas y cuando aún vivía en Huehuetenango trabajaba junto a su familia en una casa de un pueblo vecino al suyo. La madre se encargaba de la limpieza mientras Sonia y las otras tres niñas (13-11-8 años) cortaban café en una siembra cercana del mismo dueño. De su papá solo puede decir que aparece borracho de vez en cuando en su casa, para asegurarse que su mamá “no esté con otro”, pero que no vive con ellas ni las ayuda en nada.

No recuerda cuánto obtenía por su trabajo, ni sabe la cantidad exacta que ganaba su mamá, pero tiene muy presente el día que las despidieron. A partir de eso, la situación económica de la familia pasó de ser mala a completamente precaria, pero a los dos o tres meses llegó la oportunidad “que lo cambiaría todo”: una conocida de la iglesia le consiguió un trabajo a Sonia en la Ciudad. Iba a cuidar a un niño de 5 años y a limpiar un apartamento en la zona 5, su techo ya no sería de lámina, la comida no le faltaría y como no tendría mayores gastos, podría mandar dinero para su casa -la cual podría visitar siempre que quisiera, si avisaba con tiempo-.

Después de 5 horas y media de viaje en bus, Sonia llegó a la Ciudad en abril de 2015. Vino con un maletín pequeño en el que cabía toda su ropa, su único par de zapatos puestos y las uñas enterradas en las manos por los nervios. Era la primera vez que venía a la Capital y aunque le daba miedo, sabía que tenía que hacerlo si quería mejorar su vida y la de su mamá, quien tendría una boca menos que alimentar.

El lugar era como se lo habían descrito, pero pronto se dio cuenta que las condiciones no serían las que le prometieron. De lunes a sábado debía levantarse a las 4 de la mañana (los domingos a las 5:30), hacer todo el oficio y el desayuno y almuerzo de una pareja y su hijo antes de las 6:30 a.m. A las 7:15, después de dejar al niño en el colegio, regresaba para atender un depósito que estaba debajo del apartamento. Le dijeron que esto solo sería un tiempo, en lo que encontraban a alguien y que además le iban a pagar más por las ganancias del negocio.

Le dieron un cuaderno en el que tenía que anotar lo que vendiera y todos los días “sus patrones” la amenazaban diciéndole que sabían exactamente qué había en el depósito y que le iba a ir mal si se perdía algún producto.

A medio día, cuando llegaba su jefa, Sonia salía del depósito para ir por el niño y darle de comer, y después volvían a intercambiarse. Si quedaba comida después que la dueña de la casa se sirviera, entonces Sonia podía almorzar. Lo mismo ocurría con el desayuno y la cena. A veces pasaba hasta dos días seguidos prácticamente sin comer y cuando se sentía muy débil, metía un par de cucharadas de arroz o las sobras del niño en una bolsa plástica entre su ropa interior, esperando que su jefa no lo notara. Al asegurarse que estaba sola se escondía entre los productos para comer. Y mientras me cuenta esto, Sonia se muerde el labio inferior, respira hondo y levanta la cabeza como intentando evitar que las lágrimas salieran de sus ojos, pero fue inevitable.

El negocio cerraba a las 10 de la noche, incluyendo los fines de semana. Recuerda que los sábados y domingos eran una tortura porque no salía ni un rato y eventualmente llegaban a supervisarla.

Al momento de pagarle el sueldo, sus jefes le decían que la gente se quejaba que no atendía bien, que había salido mucho más de luz y agua desde que ella había llegado al apartamento y por eso “tendrían que hacerle descuentos”. Y así, los 650 quincenales que le prometieron se convertían en 400 quetzales aproximadamente. Una vez cada 15 días le prestaban el teléfono para llamar al celular de su tía y ver si con suerte podía encontrar a su mamá, pero no podía contarle cómo estaba viviendo porque todo el tiempo tenía a su jefa a la par.

Conforme avanzaron los meses, Sonia empezó a confiar en una vecina que llegaba todos los días a comprar al depósito y finalmente le contó lo que estaba pasando. La señora le ofreció su ayuda para que lograra salir de aquel infierno, pero el miedo y el control que tenía esa pareja sobre ella por el hecho de haberla traído a la Ciudad dificultó las cosas. Había días en los que se animaba a sacar algo de su ropa para dárselo a guardar a la señora que la estaba ayudando, pero luego se arrepentía y le decía que mejor olvidaran todo el plan.

Después de casi dos años de explotación y malos tratos, la gota que derramó el vaso fue cuando Sonia escuchó a su jefe diciéndole a un repartidor de lácteos que “si le gustaba la patoja –refieriéndose a ella- podían arreglar algo”. Este hombre –de unos 45 años- la molestaba siempre que llegaba y le decía que sabía que no la trataban bien, pero que él la podía ayudar “si se dejaba hacer algunas cosas”. Sonia sintió tanto miedo que pasó llorando por ratos todo el día y finalmente pidió ayuda.

A la mañana siguiente la vecina la esperó afuera del colegio con las cosas que habían logrado sacar del apartamento y la llevó al negocio de una conocida, una lavandería en la zona 21. Sigue trabajando allí actualmente porque, aunque es un trabajo pesado, el horario no es tan extenso y el pago, junto con el que obtiene por planchar una vez a la semana en una casa, le permiten mantenerse, alquilar un cuarto y enviarle ayuda a su familia.

 

Elena – trabajadora de una maquila

Originaria de Acatenango, Chimaltenango, Elena sufrió explotación laboral durante los 12 años en los que trabajó en una maquila.

En esa época tenía 22 años, una hija a quien mantener y un hogar al que quería aportar económicamente porque la situación era bastante difícil. Sus papás se dedicaban a la siembra de maíz y frijol, y no ganaban mucho dinero; además vivía con su hermano mayor quien padece de una discapacidad y su abuelo, que en esa época tenía 78 años.

Pasó de estar en una fábrica de verduras en la que empacaba diferentes tipos de arvejas a la maquila porque le dijeron que el sueldo era mejor y además, el desvelo que implicaba el primer empleo le había afectado los nervios.

El primer puesto que tuvo en la empresa fue planchando y marcando las pinzas y pretinas para la ropa. Después de dos años y medio la ascendieron y se encargaba de cerrar el tiro y la entrepierna de los pantalones con una máquina de coser. No recibió capacitación, pero aprendió practicando cosiendo pedazos de tela que encontraba en el piso.

La maquila estaba ubicada a más de una hora de la casa de Elena, su jornada era de 14 horas diarias (de 7 a.m. a 9 p.m.), de lunes a sábado. Por esas 84 horas semanales ganaba Q1,100 quincenales.

Según el Acuerdo Gubernativo No. 359-2012, en 2013 -que fue el último año en que Elena trabajó allí-, el salario mínimo para los trabajadores de exportadoras o maquilas era de Q.2,246.25 y por supuesto, su horario iba en contra de lo establecido en el artículo 116 del Código de trabajo, que determina que una persona no puede trabajar más de 48 horas semanales.

No hacía horas extras como muchos de sus compañeros porque, aunque necesitaba el dinero, quería pasar un poco de tiempo con su hija que en esa época tenía dos años. La empresa únicamente contrataba trabajadores de entre 18 y 25 años y aunque había varios hombres, Elena me cuenta que la mayoría de empleadas al igual que ella, eran madres solteras que vivían en aldeas cercanas a la empresa.

Retrasos en los pagos, insultos y amenazas: así recuerda los años que pasó en la maquila. Ella era parte de una fila de 50 personas (en total había 12) y entre todos debían cumplir con una meta diaria que cambiaba según la demanda y el producto. Por ejemplo, si se trataba de un pantalón sencillo, la meta era de 2,300 piezas y si era una chaqueta con más detalles debían sacar 1,600 unidades.

La presión para cumplir con la meta a tiempo era agobiante. Si no alcanzaban el objetivo les descontaban Q50 a todos los trabajadores y de igual forma, tenían que continuar con la producción sin descanso, hasta lograr la meta del día.

En más de alguna ocasión llegó un inspector del Ministerio de Trabajo, pero los jefes de cada área les decían a todos que los pagos atrasados se harían pronto y escogían a alguien que llevaba apenas un par de semanas para que declarara que todo estaba bien en la empresa.

A pesar que Elena trabajaba en días festivos, que de su media hora de almuerzo utilizaba solo 10 minutos para comer y después volvía a sus labores y que, aunque se encontrara muy mal jamás le dieron permiso para ir a ver a un doctor, nunca se atrevió a quejarse porque no quería perder su trabajo. Probablemente seguiría allí, pero un día cuando repentinamente el dueño a quien conocían como “el señor Park” desapareció y todo se vino abajo.

Los jefes de área les dijeron que iban a vender las máquinas y todo el material que estaba disponible para pagarles. Empezaron a hacer turnos para cuidar la empresa y sus pertenencias, las mujeres de día y los hombres de noche. Un día llegaron los supervisores a decir que trasladarían todo para venderlo y jamás volvieron a saber de ellos.

Además, meses atrás, con la promesa de que las ganancias serían únicamente para ellos, les habían descontado Q50 de su sueldo para abrir una tienda dentro de la empresa. La tienda quedó sin productos y ellos no recibieron ni un centavo. A Elena le quedaron debiendo tres años de vacaciones, aguinaldo y se enteró que a todos les descontaban cuotas del IGSS, pero jamás los inscribieron.

Después de eso decidió que no quería volver a tolerar ese tipo de injusticias y ahora se dedica a la siembra para el sustento de su familia. Su hija tiene casi 21 años y está en 4° año de la carrera de Derecho.

Si vos o alguien que conocés recibe maltrato en su trabajo, pagos fuera de las fechas acordadas, sufre de acoso o cualquier irregularidad en las condiciones de trabajo, feriados laborales trabajados sin pagar, etcétera, es importante hacer una denuncia frente al Ministerio de Trabajo, en las ventanillas 1, 2 y 3 de la 7a. Av. 3-33 zona 9 (primer nivel) o a través de una llamada al 1511. En este enlace podés conocer más acerca de los pasos que implican un proceso de denuncia laboral.

 

Fuentes: Testimonios de “Sonia” y “Elena”; Código de trabajo de Guatemala; mintrabajo.gob.gt; nota de Prensa Libre “Call Center del Mintrab registra elevado número de denuncias”.

Astrid Morales

Soy una veinteañera que edita textos durante el día y busca historias invisibles por la noche. Amante del cine independiente, los vinilos, la fotografía. Me gustaría vivir en un mundo que se vea como una película de Wes Anderson y suene a Kraftwerk.