Portada

Enfermera en el Hospital Roosevelt por 31 años

Mi nombre es Ana Paulina Mollinedo, soy Auxiliar de Enfermería, trabajo en el Hospital Roosevelt desde hace 31 años y esta es mi historia.

La enfermería es una profesión dedicada al cuidado íntegro del ser humano. Sin duda alguna, la vocación y el amor al prójimo son los pilares fundamentales que rigen esta carrera que va más allá de la satisfacción personal ya que no se encuentra entre las ramas de la medicina mejor pagadas.

Paulina me cuenta su madre era enfermera graduada en el Hogar temporal Elisa Martínez, una institución dedicada a cuidar niños en condiciones de abandono, orfandad, maltrato o abuso. Desde pequeña la acompañaba a sus tareas diarias y observaba la dedicación, paciencia y amor con la que atendía a los niños. Fue en ese momento que sintió el llamado de trabajar y luchar por el bienestar de otros.

Luego de terminar sus estudios de Bachiller en el Instituto Normal para Señoritas Casa Central ingresó a la Escuela Nacional de Enfermería, dentro del Hospital Roosevelt, no sin antes escuchar el consejo de su madre que aún tiene presente: “Para ser enfermera se necesita vocación y compromiso para poder responder a una emergencia con decisiones acertadas”. Al concluir dichos estudios en 1986, se le dio la oportunidad de trabajar en este hospital.

Según me contó, los primeros años fueron muy duros ya que atendiendo en emergencias, se viven experiencias tan trágicas que no se aprenden en las aulas de la escuela de enfermería. “Recuerdo bien una noche en la que estaba de turno en la Emergencia del Hospital, cuando de pronto llegó una ambulancia con una paciente que había sufrido un accidente y al chocar, su vehículo se incendió, ocasionándole quemaduras de segundo y tercer grado en el 80% de su cuerpo. Lo más triste fue que a pesar de la atención inmediata que le dieron los médicos, no contaban con los recursos necesarios para salvarle la vida, por eso falleció a las pocas horas de haber ingresado”.

Luego de esto se sintió desfallecer, pero si quería continuar con su ideal, sus nervios no la podían vencer. Esto la motivó a seguir adelante y comprender que debía cuidar de los demás como lo haría como con sus seres más queridos.

Otra anécdota que marcó su vida fue la de un joven de 13 años que padecía de cáncer: “Él estaba ingresado en la unidad de cuidados intensivos porque estaba ya en la fase terminal de su enfermedad. Lo que destrozaba mi corazón todas las noches era verlo llorar pues los dolores en todo su cuerpo eran muy intensos, así que yo me limitaba a consolarlo y auxiliarlo en lo que podía. Me retiraba de la unidad hasta que se quedaba dormido; prácticamente solo me tenía a mí porque sus padres vivían en Baja Verapaz y no podían llegar a verlo seguido. Lamentablemente murió al poco tiempo”.

Conforme avanzaban los años, Paulina conoció distintos tipos de pacientes: unos muy amables, otros muy gruñones, pero al final, a todos se les toma un cariño muy especial. “Luego de presenciar estos casos entendí que trabajar con gente día tras día, tarde o temprano, tocaría mis sentimientos más profundos. Un día veo a personas muy enfermas o a punto de morir y tengo que aceptarlo como parte de la vida. O puedo ver a otras personas que se recuperan y salen muy agradecidas por una nueva oportunidad de vida. Si no era capaz de aceptar estas realidades, quizás esta no era mi profesión”.

Algo fundamental de ser enfermera es saber escuchar a los pacientes para determinar la mejor manera de cuidar de ellos, más allá de solo auxiliar al doctor o llevar un registro de la evolución de cada uno.

“Elegí la enfermería porque me encanta la relación con las personas, me gusta escucharlas y cuidarlas. Aprendo cada día de los pacientes; das mucho, pero recibís mucho más. Además, me satisface acompañarlos en esos momentos difíciles, enseñarles cómo pueden mejorar la situación en la que se encuentran y animarlos a recuperarse”, nos cuenta Paulina.

Pero en el Hospital también ha visto muchos casos reconfortantes: “Hace unos años ingresó un paciente a la Unidad de Cuidados Intensivos, su caso era muy difícil ya que no podía respirar por sí mismo, por lo que fue sometido a una Traqueotomía (procedimiento quirúrgico para crear una abertura a través del cuello dentro de la tráquea. Luego de la incisión, se coloca un tubo a través de esta abertura para suministrar una vía respiratoria y así retirar secreciones de los pulmones).

Sufría mucho, el dolor era terrible, cada tres horas debía moverlo para que su cuerpo no se llagara por estar en una camilla tanto tiempo, pero con mucho amor y cuidados, en tres meses su recuperación fue maravillosa. A mí me trasladaron a la Consulta Externa, así que mi sorpresa fue grande cuando un día lo vi entrar caminando a la clínica donde yo me encontraba. Había ido a agradecerme todas las atenciones que tuve con él y lloré de emoción”.

Recientemente, en agosto de 2017, un grupo de pandilleros fueron los protagonistas de un hecho sangriento al tratar de rescatar a un reo de la mara Salvatrucha que tenía una cita programada en el Hospital Roosevelt. En el hecho mataron a siete personas y dejaron heridas a 12, situación que provocó la convulsión y demanda de justicia por parte de la sociedad guatemalteca para que los reos ya no sean atendidos en los hospitales públicos.

Paulina nos cuenta cómo vivió estos momentos de angustia: “Yo me encontraba en la Consulta Externa arreglando los expedientes de los pacientes que serían atendidos ese día. De repente escuché un sonido de cuetes dentro del Hospital y me pareció muy raro. Me acerqué a la puerta y me asusté mucho cuando vi a uno de los pandilleros sosteniendo en sus manos una ametralladora y a sus pies, un guardia de seguridad muerto, en un charco de sangre. Recuerdo que les grité a los pacientes que se tiraran al suelo. Junto a otras compañeras sacamos a las personas que pudimos y a nuestro paso por los pasillos había casquillos de bala regados por todas partes. Solo Dios nos salvó ese día”.

 

A pesar de la falta de insumos, la corrupción y la inseguridad que a diario se vive en los hospitales públicos, no decae y lucha día a día por realizar un trabajo de calidad en el Hospital Roosevelt: “Después de 31 años trabajando como enfermera he vivido situaciones difíciles y gratificantes. Experiencias buenas y malas, pero nada que impida que cada día vuelva a mi trabajo sin perder la ilusión”.

“Ser enfermera no es fácil, la carrera no es un camino de rosas, al contrario, es un camino difícil de tomar. La esencia de ser enfermera radica en la vocación, en ese deseo ferviente de trabajar y luchar por el bienestar de los otros, en plasmar tus anhelos e intereses en el cuidado de la vida de otros seres humanos”.

 

 

Fuente: Paulina Mollinedo, Auxiliar de Enfermería, Hospital Roosevelt.

Gerber Consuegra

Mi inspiración proviene de escuchar DnB a todo volumen. Además, me gusta contar historias increíbles pero ciertas. ¿Cuál es la más insólita? Leeme para averiguarlo.