Alcoholismo

Cuando te das cuenta que sos un joven con alcoholismo

Viernes… sábado. Salir, beber, pasarla bien, volver a casa. Viernes… sábado. Salir, tomar, bailar, volver a casa.

Es una rutina, para algunos. Llega el fin de semana después de una semana de universidad, que para algunos también estuvo repleta de trabajo, así que “quitarse el estrés” es una buena idea, mientras también se aprovecha que al siguiente día es innecesario levantarse temprano; en otras palabras: toca salir y desvelarse.

Somos jóvenes, empezamos a ganar unos centavos y en los bares podemos ordenar cervezas sin que nos hagan clavo. La tarjeta tiene fondos, hay que aprovecharlo. Y se sale y pasa bien y se bebe, mucho… Todo normal, ¿cierto?

Esa era una de las actividades que le gustaban a Ana*, que consiguió un buen grupo de amigos, aleros, con quienes se mensajeaba para “quedar” en un lugar, tomarse algo y bailar. El problema fue cuando Ana también aceptó hacer lo mismo entre semana, cuando al otro día debía trabajar y cumplía pero llegaba toda cansada, desvelada a la oficina. Se molestaba cuando, los fines de semana, sus amigos ya tenían planes así que tenía que quedarse en casa con su familia, viendo televisión y “aburrida“.

Porque el descanso ya no podía ser de otra manera que con la fiesta y sentirse “relajada” por el alcohol. ¿Hacer tareas de la universidad? Se puede dejar de hacer un par… ¿Ir a clases?

El viernes ya se hace poco… ¿Empezar desde el lunes? Porqué no…

Ana se sintió cada vez más dependiente del alcohol y los efectos que producía, las sensaciones que lo rodeaban (música, bulla, compañía). Cuando en su casa sus padres le prohibían salir, porque no veían esfuerzo en la universidad, se frustraba, se enojaba y peleaba a tal punto de querer dejar su casa. No salir a tomar le provocaba desesperación.

Fue difícil para Ana darse cuenta de que sufría de alcoholismo. Nunca pensó que ella, con 23 años, podía padecer de algo que asociaba a la “gente grande”, de más de 40 años, a ese tío que en las bodas solía quedarse dormido en las mesas.

Después de que se enojó consigo misma cuando no pudo, voluntariamente, pasar más de un fin de semana sin tomar, y casi choca su carro porque conducía “con tragos”, Ana aceptó ir a un grupo de Alcohólicos Anónimos (AA) ubicado en Cayalá. Este es un lugar en el que, según Andrés*, quien también asistió a una de las sedes, se puede encontrar a mucha gente joven – universitaria con problemas similares.

“Uno llega sin tener que llenar algún formulario o papel. Es totalmente gratuito”, comenta. “Podés asistir sin aceptar que tenés problemas con la bebida y sin siquiera pensar que los tenés, incluso. El grupo nunca te cuestionará en la sesión el por qué estás ahí”.

Ana, al igual que Andrés, ya no bebe. Ni una gota.

Ana sale, pero reconoce que involucrarse en la bebida implica ponerse en una situación difícil. Es joven, se divierte, baila, pero lo hace sin comprometerse. Por su parte, Andrés se sigue juntando con sus amigos y todos, conscientes de que es importante que no recaiga en el alcohol, buscan la forma de ayudarlo “evitándole la tentación”.

Se puede ser joven y padecer alcoholismo, pero también es posible tratarlo.

Si querés conocer las sedes de Alcohólicos Anónimos en Guatemala, podés consultar su página de Internet.

José Ochoa

Un té con leche antes de todo. Veo básquetbol, juego Skyrim, tomo fotos y observo. Eventualmente lo escribo y lo publico.