Hospital-Roosvelt

Qué es lo más grueso que se ha visto en emergencias de un hospital público en Guatemala

Sumando los datos del departamento de registro y estadística de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), el Instituto de Investigación y Estudios Superiores en Ciencias de la Salud – IECIS de la Universidad Rafael Landívar (URL)  y el departamento de Registro y Control Académico de la Universidad Mariano Gálvez (UMG) son 4,312 personas que ingresan cada año en las distintas universidades que ofrecen la carrera de medicina.

Revisando el pénsum de esas instituciones, incluido el de la Universidad Francisco Marroquín, noté que los primeros años están cargados de teoría, pasando por los estudios básicos de anatomía, biología, histología y otras que les sirven de base para luego hacer la práctica en los hospitales.  En el tercer año de la carrera hacen historias clínicas y se familiarizan con el ambiente de los centros de salud para que al siguiente año, ya realicen su práctica formal mientras rotan por las distintas áreas médicas: medicina interna, cirugía, clínica, pediatría, ginecología, traumatología y psiquiatría. Los estudiantes normalmente varían entre una y otra cada cuatro meses, ya sea en el Roosevelt, San Juan de Dios, IGSS de zona 9 y Pamplona, según la universidad a la que pertenecen.

No es un secreto que muchos de los hospitales carecen de los insumos básicos. Se sabe que muchos de los pacientes que acuden a los hospitales públicos continúan comprando medicamentos y pagando exámenes en salas de urgencia y encamamiento. Además hacen falta especialistas de turno en áreas específicas y esto limita la atención que se les puede brindar a los pacientes.

Para conocer un poco más de cerca sobre lo que se vive a diario en el sector de salud público y las experiencias de los futuros médicos, hablé con cuatro estudiantes de distintas universidades y esto fue lo que me contaron:

Hubo que romperle los huesos con las manos

Alejandro –  22 años

Una vez, llegó al hospital una persona que había sufrido un accidente en carro, con la presión baja e indicios de trauma; estaba casi inconsciente y hablaba cosas sin sentido. Lo primero que se tiene que hacer en estos casos es suministrarle líquidos para estabilizarlo, pero al notar que su presión no subía, supimos que se estaba desangrando por dentro.

Para encontrar el lugar donde estaba la herida se decidió hacerle una toracotomía (un corte debajo de la tetilla en línea horizontal, desde el tórax), pero el corazón estaba bien. No encontramos nada.

La siguiente acción fue cortar el esternón, pero no había equipo para hacerlo. De repente, vi que un residente se subió encima de la camilla para intentar romperle el hueso con las manos… hasta que lo logró. Yo de verdad estaba impactado al ver esa mezcla de estrés, miedo y fuerza bruta que ocurría frente a mis ojos. Nunca pensás que por falta de tiempo y equipo, vas a tener que recurrir a medidas de ese tipo con tal de salvar una vida.

Cuando por fin pudimos hacer espacio entre la sangre, huesos y piel, vimos que lo que había sucedido era que el hígado le había explotado a causa del accidente y ya no pudimos hacer nada para salvarlo. El paciente murió a los pocos minutos.

Ataque de pandilleros

Paola – 24 años

Cuando llevaba unos 3 meses en el hospital empecé a agarrarle el ritmo a la acelerada rutina que se maneja allí. Uno de esos días llegué más temprano de lo normal porque necesitaba revisar la historia clínica de una de las pacientes que me tocaba atender, cuando escuché un sonido muy fuerte, como detonante. Me dolieron los oídos y luego escuché un sonido agudo, como un pitido -de esos que te ponen en las películas.

De repente empecé a ver personas desplomándose y cayendo al piso. A tres o cuatro metros de mí, un grupo de mareros había lanzado una granada para crear caos y distracción mientras sacaban a uno de ellos que había sido llevado al hospital. Había varios heridos y entre los nervios y el desorden, todos ayudábamos, pero era difícil concentrarnos porque sabíamos que aún estaba un grupo de pandilleros dentro del lugar y que en cualquier momento podían armar una balacera.

Eventualmente, la policía logró controlar la situación y los sacaron del edificio, pero nosotros quedamos en crisis, velando por el bienestar de muchos heridos que habían perdido ambos ojos, que sangraban y sufrían. De las 22 personas heridas que resultaron a consecuencia de este incidente, cuatro fallecieron, entre ellos una enfermera que turnaba conmigo debido a las esquirlas de la explosión, sin que nadie pudiera hacer nada por ella. Solo recordarlo me hace llorar…en verdad fue muy duro haber vivido ese momento.

La práctica desafía toda lógica

Andrés – 23 años

Una de las áreas más ajetreadas es la de emergencia de cirugía. Siempre se debe estar alerta y controlar los nervios porque en cualquier momento ingresan los bomberos con un paciente, por lo general, herido con algún tipo de arma, blanca o de fuego; o víctima de algún accidente. Una vez llevaron a una señora embarazada que tenía dificultad para hablar, con sangre en la cara  y un orificio en el cachete. Estaba claro que le habían disparado, pero no encontrábamos el punto de salida de la bala.

Seguimos el procedimiento normal, empezamos a quitarle la ropa para ver si tenía otras heridas, pero no había nada, excepto la del rostro. Cuando tomé la ropa para quitarla de la camilla sentí un objeto caliente entre la tela… ¡era la bala ensangrentada con la que la habían herido!

No importa qué tanto conozcás la teoría ni cuánto tiempo pasés estudiando tus libros, al momento de la práctica siempre hay momentos en los que lo que está pasando te deja sin palabras y sin que le encontrés una explicación lógica. Aún guardo la bala para recordarme que nada es tan simple en el mundo de la medicina y que el lugar de salida de la misma, siempre será un misterio sin resolver.

 

“Ratas que se quieren comer a mi hija”

Armand0 – 22 años

Cuando estuve en “la pedia” vi cosas bastante impactantes que dejaban mucho que desear sobre las familias guatemaltecas. Un día, llegó una mamá con su niña de aproximadamente 3 años de edad, que tenía unas heridas entre los dedos. La señora me dijo que habían sido unas ratas las que le habían mordido los deditos a la nena. A mí no me pareció que las lesiones coincidieran con lo descrito, debido a que eran laceraciones muy lisas para ser mordidas. No le di más vueltas al asunto, la curé y la dieron de alta.

Regresaron a la pediatría más o menos un mes después y en un principio solamente yo me había dado cuenta que eran las mismas personas. Esta vez, la niña llevaba un pedazo del dedo amputado y la mamá sostenía que eran las ratas las que continuaban lastimando a su hija. En ese momento la confronté y entonces modificó su versión y dijo que habían comprado un chihuahua de 3 meses y que seguramente él era el responsable. Por supuesto que no le creí, porque era imposible que un cachorro pequeño le hiciera semejante herida a la niña, así que decidí dejar de hablar con la señora y ayudar a la pequeña, no solo en cuanto a la curación que era lo que me correspondía, sino a otro nivel.

Sugerí que se investigara el caso, nos comunicamos con la Procuraduría General de la Nación (PGN) y tengo entendido que luego reubicaron a la niña en otro hogar. Este caso en específico se quedó muy grabado en mi memoria.

 

Fuentes: Testimonios de Alejandro, Andrés, Paola y Armando; publicación de Prenas Libre “Carencias marcadas siguen hospitales“; Pénsum de las universidades San Carlos de Guatemala, Francisco Marroquín, Rafael Landívar y Mariano Gálvez.

 

Gustavo Soria

Soy un ilustrador y diseñador que ve el mundo a través de una viñeta de cómic. Inmaduramente maduro. La amalgama entre lo que ya es y lo que hace falta.