IGSS

Lo mejor y lo peor que ha vivido la persona que da ingreso a los pacientes del IGSS

A diario miles de personas visitan la emergencia del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) en busca de ser atendidos debido a distintos tipos de dolencias. Pero antes de ingresar a consulta son atendidos por un anfitrión que es la persona encargada de atender, guiar y brindar información adecuada a los pacientes que acuden al Seguro Social. Las actividades varían según el área o la unidad en la que estos se encuentren, pero todo anfitrión está sometido a retos diarios que le exigen auto control y paciencia.

“Sandra” de 26 años laboró en el Hospital General de Enfermedades de la zona 9 durante durante tres años y colaboró tanto en el área de adultos como en la pediatría. Ella me contó algunas de sus experiencias y de los retos que tuvo que afrontar:

Algunas de las actividades que me correspondía como anfitriona eran proporcionar orientación e información a los afiliados, beneficiarios, jubilados y pensionados; apoyar a pacientes con capacidades diferentes, y colaborar con el personal médico para cubrir algunas emergencias. Recuerdo que las doctoras siempre nos decían a mí y mis compañeras “Sonrían patojas porque ustedes son la cara amable del IGSS”.

 

Cada día era como subirse a una montaña rusa de emociones con los ojos vendados, y dependía de mí olvidar todo lo ocurrido en el día, cuando me retiraba de la unidad para ir a mi casa. Yo no soy doctora, no recibí preparación de atención médica porque mi puesto era administrativo, pero vi pacientes gravemente enfermos, con problemas respiratorios y otros.

Pasé cosas positivas y negativas en cada unidad y estas últimas me hicieron aprender a dominar mis sentimientos. Lo más duro que me tocó vivir fue ver pacientes al borde de la muerte, llegando a la emergencia con la esperanza de mejorar y a los pocos días saber que han fallecido.

Ver a alguna persona tapada solamente con una sábana en una camilla que se dirige a la morgue es algo que me causó muchos escalofríos y malestar. Siempre me preguntaba qué le había pasado.

Un momento difícil de olvidar, tanto que en ocasiones aun vuelve a mi mente, fue el día que mientras trabajaba escuché cómo se acercaba una ambulancia con sirena abierta. Los bomberos bajaron una camilla e ingresaron por la puerta principal a una persona en estado inconsciente. Lo que más me impresiono fue ver qué encima del paciente venía un bombero dándole reanimación cardiopulmonar (RCP), intentando darle otra oportunidad de vida ya que había sufrido un infarto. Lastimosamente no se pudo hacer nada y el paciente falleció ante la  todos los que estábamos presentes en ese instante.

Otra anécdota que me conmovió mucho fue que una mañana, cuando llegué al hospital, había una gran cantidad de personas en la entrada principal. Un automóvil se había chocado contra las puertas de vidrio y la persona que iba conduciendo había fallecido. Fue triste saber que el señor hizo todo lo posible por recibir ayuda, pero no logró llegar a tiempo. Según los comentarios de los doctores de turno, el conductor chocó porque había quedado inconsciente.

Por otro lado me encontré con personas que fingían malestares con el fin de no ir a trabajar. Me exigían atención inmediata pero debía calmarlos para que tuvieran paciencia y me debía enfocar en proporcionársela a quien realmente lo necesitaba. Este tipo de acciones, fingir una enfermedad y pretender ocupar el lugar de alguien que pudiera estar gravemente enfermo, me parecen inhumanas.

Con el tiempo enfrentar esa situación diaria me hizo darme cuenta que la sala de emergencias es un servicio que debe utilizarse cuando tu vida corre un riesgo de muerte ya que por ejemplo, para atender un caso de gripe existen las unidades periféricas.

Por supuesto no todo es malo. También viví experiencias que me hicieron crecer como persona y otras que me reconfortaron. Algo muy duro pero muy edificante fue ver a los pacientes con enfermedades degenerativas o terminales llegando a sus tratamientos con una actitud positiva, un alta autoestima y una sonrisa en sus rostros. Cada vez que los atendía se me hacía un nudo en la garganta y después pensaba en cuántas veces me había quejado por alguna situación sin pensar en que existen personas que son felices aun en condiciones más complicadas que a las que a mí me ha tocado vivir.

Me sorprendía notar que estos pacientes siempre llegaban muy bien vestidos, como si estaban asistiendo a una fiesta en donde ellos eran los invitados de honor. Además siempre me preguntaban por los demás pacientes que sufrían enfermedades como las de ellos. Estaban muy pendientes los unos de los otros.

Lo más satisfactorio que me dejó ese trabajo fue saber que pude ayudar a varias personas, algunas de ellas incluso habían sido rechazadas por su misma familia. Después de un tiempo algunas personas regresaron totalmente sanas a agradecerme a mí y a otros miembros del hospital y esa sensación es incomparable.

Decidí retirarme de ese trabajo porque mi carrera universitaria no se relacionada para nada con la atención médica. Sin embargo, esos años como anfitriona, me sirvieron para ganar experiencia ante las distintas adversidades. Aprendí a dominar mis nervios ya que por muy difíciles que fueran las situaciones siempre tuve que tratar en la manera de lo posible mantener la calma y ser empática con los demás. En Guatemala lastimosamente no existe una cultura de prevención que desahogaría el saturado sistema de salud que con recursos limitados debe afrontar y atender tratamientos de enfermedades crónicas y las emergencias de miles de guatemaltecos.

Gerber Consuegra

Mi inspiración proviene de escuchar DnB a todo volumen. Además, me gusta contar historias increíbles pero ciertas. ¿Cuál es la más insólita? Leeme para averiguarlo.