Payasa guatemalteca

La payasa Pándala Pándala es mi abuela

Mientras algunos crecieron al lado de un abuelo, otros somos afortunados y hemos podido compartir con los cuatro. Yo sí los conocí a todos; compartimos almuerzos, cenas y tardes completas. Algunas de sus historias me las sé de memoria, otras me resultaron predecibles, pero hay una en especial que “no vi venir”.

Resulta que mi abuelita “Cristo”, la mamá de mi mamá fue payasa. En realidad se llama Cristobalina Gómez y nació en julio de 1945, en Tecpán.

Tuvo cinco hijos y decenas de trabajos en fincas y cafeterías y en algún momento, cuando mi mamá y mis tíos ya estaban grandes, decidió dedicarse de lleno a la iglesia católica. Se volvió catequista y además de enseñar religión se enfocaba principalmente en apoyar a niños cuyo camino no era el más recto, para que su futuro no fuera incierto.

Fue así como a sus 48 años decidió maquillarse la cara y usar una nariz plástica roja, ponerse ropa holgada y empezar a pintar carcajadas en el público. Pándala Pándala había nacido.

Cuando le pregunté por qué utilizaba ese nombre me dijo que no se acordaba, que alguien alguna vez le dijo así y así se quedó. La improvisación se le daba bien, así que su rutina consistía prácticamente en eso. Le pedí que me contara alguno de sus chistes y aunque noté que hizo un esfuerzo por recordar alguno no logró hacerlo.

Pándala Pándala no cobraba por presentarse porque lo que la movía para ser payasa no era una intención monetaria. Para las comunidades donde hacía sus actos esto era perfecto, pero para un vecino del pueblo San Miguel Pochuta en Chimaltenango que también se dedicaba a ser payaso, ella significaba un problema.

“Taponcito” y mi abuela se enemistaron, pero ella continuó presentándose, con todo y el fuerte dolor de espalda que le producía una hernia. “Dicen que un payaso debe fingir estar bien en todo momento. A mí me gustaba lo que hacía y nunca recibí algún comentario negativo del público, pero no me sentía muy apoyada porque todos tenían la impresión que el ser payaso era algo estrictamente masculino. Llegué al punto de hacer shows con una barba pintada como parodia de ese estereotipo”, me dice.

 

 

Con el tiempo, la edad y la salud de mi abuela la obligaron a retirarse del escenario. Actualmente es ministra de una iglesia ubicada en zona 7 y luego de contarme su historia, me asegura que el haber sido payasa no es algo que le dé pena porque fue una buena etapa de su vida. Incluso me dijo con una sonrisa que hace unos años se encontró en distintas ocasiones con tres de los niños a los que animó en algún momento. Uno de ellos es doctor, otro es gerente de un famoso restaurante de comida china y el tercero es misionero de la iglesia católica que vive en San Francisco, Estados Unidos. Después de esta anécdota me quedé picado pensando qué tantas historias tendrán mis otros abuelos que ni siquiera me imagino.

Gustavo Soria

Soy un ilustrador y diseñador que ve el mundo a través de una viñeta de cómic. Inmaduramente maduro. La amalgama entre lo que ya es y lo que hace falta.