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Así me vengué de un mal cliente en el restaurante

Todos hemos tenido crisis y arrebatos de enojo en el trabajo. Hemos explotado después que algún pendejo nos pone entre la espada y la pared en una reunión frente a mucha gente o cuando alguien intenta jugarnos la vuelta para no hacer lo que le toca o simplemente, cuando las cosas no salen como esperamos.

Cada quien tiene su forma de lidiar con estas situaciones. Algunos se tragan el enojo, otros lo sacan con mil maldiciones, rolling eyes o un par de lágrimas de frustración, y bueno, también están los que prácticamente no tienen la opción de exteriorizar lo que sienten… Pero cuando trabajás en Servicio al Cliente, lo fregado es que, como si fuera ley grabada en piedra, si estás enojado no podés demostrarlo frente al que generalmente te lo provoca: el cliente.

 

¿Y qué tipo de negocio es el que suele ser más apegado a la ley de “el cliente siempre tiene la razón”? Los restaurantes. Es por eso que, aunque seás un verdadero dolor de cabeza –por no decir otra cosa-, si encontrás a un mesero en un buen día, puede que su reacción se limite a decir que vuelve enseguida para continuar con el servicio, que corra a la cocina y use todas las malas palabras que se sabe para usarlas en tu honor, además de conseguirte un pasaje directo y sin regreso al infierno y que se queje de vos con todos sus compañeros o trate de sobornar a alguno para que lo cubra. Si no lo consigue, al final no le queda otra que regresar a la mesa, esforzarse al máximo por poner una sonrisa que no se vea tan fingida y continuar atendiéndote.

Si te pasás de lanza y está de malas, podrías desatar sed de venganza en él o ella y, tomando en cuenta que es la persona que manejará lo que vas a comer y tomar, después de las confesiones que me hicieron algunos meseros y encargados de cocina, sinceramente no te aconsejo fastidiarlos. Hablé con casi 20 de ellos y debo contarles que TODOS confesaron haber deseado vengarse de los clientes más de alguna vez, pero la mayoría jamás llegó a hacerlo. Sin embargo, tres llegaron a su límite y esto fue lo que pasó:

 

“Axel” – mesero

El año pasado trabajé en un restaurante de comida rápida. El ambiente era bueno, la mayoría de mis compañeros tenía la misma edad que yo y los clientes en general eran agradables.

Todo iba bien hasta que para mi mala suerte, un chavo de mi colonia con el que me dejé de hablar hace varios años –porque me cachó casaqueándome a su hermana- entró al restaurante y notó que yo trabajaba allí. A partir de ese día empezó a llegar bastante y cuando me tocaba atenderle me hacía su pedido con una sonrisa y un tono burlón. Yo evitaba hacer contacto visual con él e intenté ser lo más profesional posible, pero un día no pude aguantarme y escupí en su té frío. Usé una pajilla para revolver todo y lo llevé a su mesa con una sonrisa enorme.

Fuera de esa vez, no le hice algo así a ningún cliente. Ahora trabajo en algo relacionado a mi carrera: Diseño Gráfico.

 

“María José” – barista

Había una chava que siempre llegaba al café a eso de las tres de la tarde. Yo atendía a mucha gente, pero la recordaba porque era un poco pesada. A las semanas empezó a llegar con su novio y noté que se portaba súper mala onda con él. Aunque la invitaba a todo, ella se la pasaba en su celular y apenas le hablaba.

Después empezó a alternar entre su novio y otro chavo con el que se besaban como si no hubiera mañana. Mis compañeros y yo fuimos discretos, pero creo que a ella le daba pena y cuando llegaba sola intentaba platicar un poco conmigo. Eso no la salvó de que cada vez que llegaba con el otro chavo, en vez de ponerle leche deslactosada a su café como pedía, yo le ponía leche entera.

Espero que al menos se haya puesto mal del estómago todos esos días.

 

“Edgar” – atención de autoservicio

Soy una persona sumamente perfeccionista y creo que eso hace que me tome muy a pecho los comentarios negativos o regaños, y a decir verdad, suelo ser vengativo y no, no me da pena admitirlo.

He trabajado en atención al cliente muchas veces y la experiencia más difícil definitivamente fue en un restaurante. Fingir que estaba súper feliz y entusiasmado todo el tiempo era agotador. Cuando salía de ese lugar quería correr a mi casa, quitarme el olor a comida frita y dormir mucho, pero al otro día el despertador me condenaba a seguir con mi rutina. Con el pasar de los meses sentí que el trabajo era más y más difícil y sabía que estaba llegando a mi límite, pero no podía tomar la decisión de renunciar sin tener algo seguro porque vivo solo y claro, hay cuentas que pagar.

Un día llegó un cliente que había pedido un smoothie. Abrí la ventanilla, lo saludé y le dije que su frappé estaría listo en un segundo. Él me interrumpió molesto diciéndome que había pedido un smoothie, le dije que era lo mismo, así que terminé de prepararlo y se lo di. Apenas lo hice, el señor aceleró el carro y se fue. Cuando estaba por terminar mi turno, mi supervisor dijo que quería hablar conmigo y me regañó por lo sucedido. Sí, el don tuvo “la necesidad” de parquear su carro, bajarse y pedir hablar con el encargado para decir que yo había sido altanero e irrespetuoso.

Volvió al restaurante unos días después, lo reconocí y entonces junté toda la saliva posible en mi boca y escupí en su comida. Después de eso me sentí mal y me puse un poco paranoico. Sentía que más de alguien lo sabía y antes de que me despidieran, renuncié.

Astrid Morales

Soy una veinteañera que edita textos durante el día y busca historias invisibles por la noche. Amante del cine independiente, los vinilos, la fotografía. Me gustaría vivir en un mundo que se vea como una película de Wes Anderson y suene a Kraftwerk.