IMG_20171031_132515

4 historias del Cementerio General de la zona 3

Cada año todos los guatemaltecos se guardan el primero de noviembre para celebrar el regreso de las ánimas benditas, conocida como el día de todos los muertos. Algo que podemos recordar son todas las historias que nos contaban nuestros abuelos –mientras preparaban el fiambre-. A mí me decían que, al esconderse el sol del 31 de octubre, las almas de todos los fallecidos tenían la oportunidad de regresar a nuestro mundo para encontrar su cuerpo y deambular por allí, visitando a sus seres queridos o bien, a niños mal portados.

Los cementerios de todo el país se llenan de colores y barriletes, otras personas llevan mariachis y en los departamentos se acostumbra a llevarles comida. Todo con el fin de convivir un día especial con los que ya no están.

El Cementerio General de la zona 3 es uno de los más populares en la Ciudad y fue fundado en el mandato del General Justo Rufino Barrios en el año de 1878.

Hace unos días me fui a dar una vuelta en busca de las historias de las personas que transitan mucho el lugar o trabajadores del mismo.  Todos coincidieron en que les tienen más miedo a los vivos que a los muertos pues el cementerio se ha puesto algo peligroso. Sin embargo, también tienen relatos sobrenaturales para contar:

En la entrada me encontré a Mario Ortega de 60 años. Él vive dentro de su carro y desde hace tres meses sobrevive de la ayuda que las personas le dan por como lo dice don Mario, “echarle un ojazo a su vehículo”.

Me contó que en el tiempo en el que lleva trabajando en el cementerio sí ha escuchado voces y pasos entre los nichos a altas horas de la noche. Además, en una ocasión sintió que lo seguían y aunque no vio a nadie cerca, pudo ver otra sombra además de la suya. Todavía no entiendo cómo me lo contó tan tranquilo.

Más adelante, por el área del panteón egipcio, me encontré a Sandra Huertas de 24 años. Ella visita el lugar bastante seguido porque su hermano Carlos trabaja en el cementerio haciendo distintas labores. Me comentó que donde más espantan es por el sector de La Isla.

“Una vez acompañé a mi hermano mientras le estaba dando mantenimiento a un nicho a eso de las cinco de la tarde. El frío de noviembre me estaba dando miedo pues me recuerdo que mi abuela me decía que cuando hay mucho viento las almas van caminando’’, me dice Sandra.

Ella me explicó que el trayecto desde La Isla a la entrada del cementerio es bastante largo. Son muchas calles y avenidas de camino y hay pedazos donde no hay luz, por lo que ella siempre lleva una linterna en su mano.

Cuando Sandra y Carlos llegaron a la entrada escucharon unos gritos que ella describe como desgarradores. Dice que no está segura si era español lo que escuchó, pero tampoco quiso detenerse para averiguarlo. Sandra dice que después de eso sintió los pies pesados y como si una docena de hormigas se le hubieran subido a todo su cuerpo.

Después de hablar con ella me dirigí más adentro del cementerio. Había muchas ramas de árboles en el suelo y encima de las tumbas y el viento estaba pesado. Mientras más caminaba me encontraba con los panteones. Cuando ya estaba cerca de llegar a La Isla me puse a platicar con Nicolás Suy, un señor de 75 años que ha trabajado en el lugar desde hace 50 años.

Nicolás hace de todo en el cementerio, aunque se dedica más a la elaboración de lápidas. Su lugar de trabajo está cerca de La Isla y lo rodean muchos zopes desde el cielo.

Seguramente tiene decenas de historias para contar, pero decidió mencionarme que hace 15 años una mujer se le acercó para decirle que ya no fuera a hacerle mantenimiento a una de las tumbas que tenía a su cargo. “Era una señora de unos 50 años y en sus facciones se veía que fue muy atractiva cuando era joven. Llevaba una cadena con un dije de corazón’’, dice.

Ella le dijo que la familia ya no iba a llegar porque se habían ido de viaje. Le agradeció los servicios que prestaba a la tumba, pero le aconsejó que dejara de hacerlo porque ya no le iban a pagar.

A las semanas las persona que lo contrataron lo llegaron a buscar y molestos le dijeron que porque había dejado en el abandono su trabajo. Cuando él les explicó lo sucedido parecieron no creerle así que les dio todos los detalles posibles de la persona que se le había acercado a hablar.

La familia sorprendida sacó una fotografía de una señora y para sorpresa de Nicolás, ella era la mujer con la que había hablado semanas atrás.

Me despedí de Suy y caminé más adelante, estando cerca de la Isla divisé las tumbas y los zopes arriba de ellas, todo se veía literalmente, como una película de terror.

Miraba como los zopes extendían las alas y sentía que me miraban. Estaba en este rollo cuando un señor se me acercó. “Ya no te metas más al fondo, hay unos hombres asaltando, te pueden quitar tu cámara’’, me dijo. En cuestión de segundos dejé de verlo y después de escuchar la historia de Nicolás ya no sabía si era un alma o si de verdad era una persona.

Comencé a acelerar el paso directo hacia la salida. Estaba a punto de llegar a mi objetivo cuando me encontré a un chavo que podaba la grama. Su nombre es Gerardo Tzic, tiene 19 años y ayuda a su papá desde los 15. Me dijo que hace un año, estaba con su papá dándole mantenimiento a algunos nichos que están cerca del barranco y escucharon algunos ruidos que llamaron su atención. “No eran pasos, ni viento. Era un sonido muy extraño’’. Al acercarse observaron un cuerpo en descomposición entre el monte. Se asustaron tanto que dejaron lo que estaban haciendo y se fueron a otro sector.

Estas son algunas historias de tantas que oculta este cementerio, un espacio donde descansan personajes históricos, niños y toda clase de gente que estuvo entre nosotros. Si lo visitás ¡cuidado!, no sabés cómo llegará a sorprenderte.

 

Antonio Pineda

Me dicen Tony y soy la persona más distraída que ha pisado la tierra. Mi debilidad son los instrumentos, Pink Floyd, la fotografía y el cine de terror.