Orgullo-Gay

3 personas nos cuentan cómo salieron del clóset

Aunque conforme pasa el tiempo la homosexualidad se libera de los prejuicios ridículos que ha cargado con el paso de los años, la verdad es que lo que conocemos como “salir del clóset” no es nada fácil. Raisa, Alejandro y Adrián son personas distintas que no se conocen entre sí y probablemente no tengan nada más en común que una historia de liberación. Sus experiencias fueron distintas pero todos coinciden en que están cómodos con quienes son y se sienten más tranquilos luego de dar ese paso. Esto fue lo que me contaron:

Raisa – 31 años

Supe que soy lesbiana desde que tenía seis años, cuando me enamoré de mi maestra. Realmente nunca lo tomé como algo malo, pero sí como un secreto que no le contaría a cualquiera. Tuve una novia cuando estaba en quinto bachillerato y otra en mi segundo año de la universidad y todo fresco. Mi familia es bastante abierta en algunos aspectos pero yo sabía que sí tenían prejuicios sobre la comunidad LGTBIQ y fue hasta los 24 años que me animé “a salir del closet”.

Todo empezó cuando una amiga que trabaja en televisión me invitó a participar en un programa de Guatevisión. No hablaría sobre el amor homosexual, ni bisexual sino del amor en general, del amor como un sentimiento. Yo acepté y cuando fui, me presentaron como “Ella es Raisa, es lesbiana y hablará sobre el amor”. A mí no me dio clavo, muchos de mis amigos de la universidad ya lo sabían y creí que ya era hora de que mi familia lo supiera.

El programa es pregrabado, me avisaron la fecha en la que saldría al aire y durante la cena junto a mis papás y mis hermanos encendí el televisor. Justo después del tercer bloque de anuncios escuché la voz de la presentadora… “Ella es Raisa, es lesbiana y hablará sobre el amor”. Cuando mi familia me vio en la pantalla se quedaron callados pero después recibí mensajes en los que me hacían saber que me aceptaban y me apoyaban.

Ahora estoy enamorada de mi libertad. Prefiero estar afuera del clóset, acompañada de amigos y la gente que me quiere, que estar encerrada y sola.

 

Alejandro – 29 años

Además de las relaciones públicas, mi rollo es el diseño de moda. La ropa me fascina desde que tengo memoria, tenía siete u ocho años cuando ya le decía a mi mamá que le quitara las mangas a alguna chumpa de lona heredada de mi hermano mayor o que quería pegarle algo para diferenciarme del resto. Cuando entré a la universidad en el 2009 y tuve mi primer trabajo en una tienda de un centro comercial me compré mi primera máquina de coser y la verdad eso no le gustó a mi papá. No me dijo nada, pero era obvio.

Empecé a modificar aún más mi ropa y cada vez me sentía más cómodo comportándome y expresándome como realmente quería en el trabajo y la universidad, mientras que en mi casa prefería ser más reservado.

Un día decidí pintarme el pelo pero necesitaba ayuda de otra persona para hacerlo y pensé en pedirle ayuda a mi mamá. No me sentía muy seguro así que me senté a ver televisión con ella y pensé que lo mejor era mencionar el tema a lo random, como una posibilidad, y no como un hecho. Estaba a punto de decírselo cuando mi mamá dejó de poner atención a nuestra conversación y se concentró en “Caso Cerrado”, uno de sus programas favoritos.

No recuerdo bien la historia pero había un chavo gay entre los involucrados y justo después de que él habló mi mamá hizo un comentario sobre que las madres tienen un sexto sentido y saben cuando un hijo “es diferente”. Yo sentí que ella de alguna forma me estaba abriendo la puerta para que iniciáramos la conversación que evité por años.

Decidí irme por las ramas en vez de lanzar mi confesión a quemarropa. Le mencioné lo que quería hacer con mi pelo y a penas iba terminando de contarle cuando mi papá llegó del trabajo. Creo que de alguna forma ella intuyó que yo quería hablar de esto de una vez por todas y abordó a mi papá diciéndole que estábamos hablando sobre que yo quería hacerme un cambio de look. De repente la cara de mi papá cambió y empezó a gritar cosas que sinceramente no me gustaría repetir. Me insultó y mientras la tiraba a la basura, dijo que todo esto “de ser nena” había pasado porque me permitieron cosas como tener mi máquina de coser.

Después de eso dejó de hablarme por varios días, continuó con relacionarse conmigo lo menos posible y con el paso de los años hemos vuelto a ser cercanos, pero jamás tocamos el tema de nuevo. Después del incidente hablé con mi mamá, le dije que era gay y ella yo lo tomó bien.

Aún vivo en mi casa y tengo una relación desde hace un poco más de un año. Mi mamá conoce a mi pareja y se llevan bastante bien. Después de que era obvio que algo pasaba con este chavo porque era el único que me visitaba en mi casa, mi papá dijo que no quería verlo allí y bueno, es su casa así que sigo sus reglas pero estoy ahorrando para mudarme.

 

Adrián – 27 años

Un fin de semana del año pasado estaba platicando con mi papá en un food court. El tema central de los últimos días había sido la boda de mi hermano mayor y cuando llegó el turno de “hablar de mi” me puse nervioso porque sabía que la conversación iba encaminada a que yo tenía que dar una explicación sobre por qué llevaba tantos años sin novia. Fuera de una vez que anduve con una chava cuando tenía 14 años, mi familia no conoció a ninguna otra persona que me gustara. Estaba cansado de ocultarle mis preferencias a mi familia así que me decidí a decirle a mi papá que yo “tenía gustos diferentes”, ni si quiera pude decir gay u homosexual.

Después de eso tuve que escuchar un monólogo respecto a que yo estaba confundido y que debía ir al psicólogo. No lo tomó nada bien y con indirectas me pidió que lo mantuviéramos en secreto porque “saber qué iba a decir la gente”. Por si eso fuera poco me preguntó si se trataba de algún daño emocional hecho por una mujer y siguió insistiendo con que fuera con un psicólogo.

Ese mismo día hablé con mi mamá y su respuesta fue mucho más corta. Me dijo que me quería y que esperaba que fuera feliz con mi decisión, que ella lo sospechaba, pero deseaba que no fuera verdad. Mi papá se incorporó a la decisión e insistió en que algo estaba mal conmigo. Al final accedí a ir al psicólogo y nos sirvió a todos para desahogarnos, pero eso fue todo.

El tema quedó sepultado. Únicamente hemos hablado una vez más, sin llegar a nada positivo. Espero que en algún futuro acepten la situación.

Astrid Morales

Soy una veinteañera que edita textos durante el día y busca historias invisibles por la noche. Amante del cine independiente, los vinilos, la fotografía. Me gustaría vivir en un mundo que se vea como una película de Wes Anderson y suene a Kraftwerk.