PORDIOSERO-COMIC-rgb-01

Me fui a pedir dinero a un semáforo de la San Juan y esto fue lo que pasó

Recuerdo que cuando tenía unos 10 años salíamos mucho con mi papá y siempre que podía le daba dinero (Q1) a las personas que le pedían en la calle. En ese momento pensaba que, si había 99 personas más como mi padre, estas personas tendrían Q100, que para mí en ese tiempo era mucho dinero. De hecho, aún lo es, pero en mi mente de niño tener cien quetzales en la bolsa era prácticamente ser millonario.

A los 15 las dudas eran otras. ¿Cuánto ganan esas personas en un día? ¿A qué situaciones se enfrentan? ¿Hay clavos si te ponés en la esquina que alguien ya tomó como suya?

Cuando decidí que iba a escribir sobre esto, empecé a fijarme en qué lugares había menos concentración de personas pidiendo dinero y finalmente dispuse colocarme bajo el semáforo que está junto al Instituto Dr. Carlos Federico Mora, sobre la San Juan.

Al contarle a varias personas lo que tenía planeado hacer, me dijeron que sabían que entre la gente que trabaja o pide dinero en la calle hay una especie de sindicato en el que todos se conocen. Se dividen por sectores y cada uno respeta el lugar del otro. Esto me alarmó un poco, así que con mi novia quedamos en que ella le daría vueltas a la manzana donde yo me iba a poner para monitorearme.

Fui el jueves pasado con el plan de estar tres horas. Sabía que estar ahí cerca de las horas de almuerzo implicaría a muchas personas en carro o a pie transitando por el lugar.

Empecé a prepararme desde las 9 de la mañana y para eso fui a un taller para llenar mi ropa de lodo y conseguir un poco de grasa de motor para echarme en los brazos y en los pies.

Una hora después, para que nadie supiera de dónde venía, dejé mi carro en la casa de mis abuelos, que queda a poco más de un kilómetro de mi destino. Mientras caminaba hice mis primeros intentos de pedir dinero, pero no recibí nada más que un “no traigo, chavo”.

Tardé un poco en llegar al semáforo porque fingía una cojera. Al principio me senté en la banqueta para descansar un poco y una persona se acercó a dejarme un billete de un quetzal, sin necesidad que yo se lo pidiera. Después de empezar así de bien, decidí levantarme y acercarme a los carros cuando el semáforo estuviera en rojo.

YA HABÍA PASADO UNA HORA y yo seguía con un quetzal en el guacal que usé para recibir el dinero. Cuando me acercaba a los carros, la mayoría de conductores clavaban la mirada en el semáforo y ni me volteaban a ver, algunos se cambiaban de carril y otro hasta me dijo que “solo para joder servimos”.

DESPUÉS DE DOS HORAS apenas tenía dos quetzales. Entonces, se me acercó un vagabundo y me dijo que desde lejos se me notaba que era nuevo. Se buscó entre la bolsa y me dio 50 centavos en fichas de diez. Me dijo “solo esto tengo papa, pero ya es algo. Tenemos que apoyarnos entre todos” y siguió su camino.

Era la una de la tarde, había calor y me empezaron a doler las piernas, así que me senté otra vez a descansar un rato en la banqueta. Estaba en esas cuando dos misioneros mormones pasaron a la par mía. Cuando les pedí dinero ellos solo me saludaron. Pensé que andaban predicando amor al prójimo, pero a la hora de la hora no ayudan a nadie. Para mi sorpresa, después de un rato regresaron con algo de dinero, se sentaron conmigo y empezaron a hacerme preguntas sobre mi vida.

No estaba preparado para eso y me puse algo nervioso, pero logré improvisar: mi nombre era Julio, llevaba viviendo en la calle desde 2011 y tuve una fuerte adicción al alcohol que abandoné luego de ver morir a mi abuelo a causa de una cirrosis.

Ellos sintieron tanta compasión de mí que, además de algunas monedas, me ofrecieron un pan y antes de despedirse me invitaron a asistir a su iglesia el domingo para ayudarme a enderezar mi vida.

Yo seguía en el semáforo, sentía que el tiempo no pasaba y comencé a inventar más y más historias sobre la vida de “Julio”.

No tenía nada que perder, así que tomé prestada la frase de “Alejo y Valentina”, una serie que veía hace un par de años en el MTV: “Dame una monedita, loco. Somos 10 hijos de diferente padre, loco.” ¿En qué momento iba a tener la oportunidad de usarla?, pensé. Creí que usando esa frase nadie me haría caso, pero una señorita, muy asustada me dijo: “pobre alma la tuya y la de tus hermanos. No imagino lo que tu mamá ha de haber pasado” y me dio un par de monedas.

3 HORAS HABÍAN TRANSCURRIDO y comenzó a lloviznar.

Todos los conductores iban con las ventanas arriba y se preocupaban más por no chocar a otro carro o irse en algún hoyo que en ponerme atención. Sentís cuando alguien se te queda viendo, ¿no? Apenas acababa de tener esa sensación cuando aparecieron tres vagabundos, dos mujeres y un señor. Empezaron a cuestionar mis intenciones y de dónde venía. Me sentí aturdido y nervioso. La verdad decidí irme antes de que me pasara algo.

Ya eran las 2:15 y había recaudado un total de Q10.50. Así que decidí irme y comencé a caminar de regreso a la casa de mis abuelos. Cuando salí de allí, tuve que pasar por la calzada en donde había estado pidiendo dinero, pero ya no había nadie.

Una media hora después, llegué en mi casa listo para darme un baño y almorzar algo rico. Darme cuenta de esto me hizo reflexionar.

Nosotros por estar en nuestro rollo no nos damos cuenta de todo lo que hombres, mujeres y niños tienen que pasar. Mi especie de experimento social hizo que me pusiera en los zapatos de estas personas, que día a día viven una realidad que no dimensionamos. Probablemente nunca lleguemos a saber qué historias hay detrás de ellos, pero sí podemos ser más empáticos de ahora en adelante.

Gustavo Soria

Soy un ilustrador y diseñador que ve el mundo a través de una viñeta de cómic. Inmaduramente maduro. La amalgama entre lo que ya es y lo que hace falta.

Notas más vistas del autor