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Me conecté a un español por Facebook y vino a verme a Guate

Todo empezó en el 2009.

Hacía poco tiempo que un chavo español y yo habíamos congeniado en un portal de videojuegos y decidimos agregarnos a Facebook. Me dio curiosidad la apariencia de mi “nuevo amigo”, así que una tarde, surfeé por sus álbumes. Vi decenas de autorretratos, imágenes de conciertos y de su más reciente adquisición: una figura de Zelda que me hizo envidiarlo. Observé lugares de España que se ven de ensueño y no tenía idea que existían. Sin embargo, una fotografía llamó aún más mi atención… ¿Qué tenía de especial? Un chavo de cabello largo y una sonrisa llamativa acompañaba a mi nuevo contacto.

No tengo un prototipo físico de hombre ideal, pero este sí que hacía match con muchos de los factores que me causan atracción. Así que me animé a enviarle una solicitud de amistad.

Unos días después, un mensaje en mi correo electrónico me indicaba la buena noticia: Jorge me había aceptado. Me tomó unos minutos para averiguar un poco más de él: veterinario, dos años mayor que yo, con un perro y una ardilla de mascotas, amante de los videojuegos y de la Coca Cola.

Pasaron varios meses antes que un simple “hola” enviado a mi bandeja de mensajes, interrumpiera nuestra nula interacción. La primera charla fue breve, pero fluyó bien. Seguimos hablando cuando coincidíamos en la red, cosa que no era muy frecuente debido a la diferencia de horario.

Después empezamos a dejarnos mensajes cortos cuando no nos encontrábamos. Un saludo casual y algo sobre cómo estaba todo en aquel o este lado del charco era todo. Esos mensajes se convirtieron en correos con una extensión similar a la que tiene este texto, en este punto.

Unos meses más tarde me sugirió que descargara WhatsApp. Despertar y leer su mensaje o escuchar el audio que me había dejado una noche anterior era una práctica que, además de volverse constante, me hacía sentirlo un poco más cerca. El contenido no era romántico, aunque de vez en cuando, Jorge hacía algún comentario que me hacía pensar que le gustaba. La mayor parte del tiempo era bastante reservado. De hecho, luego de hacerle comentarios directos respecto a la situación (y lo que yo esperaba de ella) y recibir respuestas que me parecían vagas, supuse que no estábamos en la misma sintonía y entonces decidí tomarme las cosas más fresh.

Pasaron días, meses, años… En el 2013, el cuarto mes del año trajo sorpresas de nuevo. A través de un mensaje, Jorge me pedía mi dirección con un pretexto que me pareció sospechoso. ¿Por qué querer enviarme el disco de unos amigos si lo podía hacer por la web? A fin de cuentas, se la di.

Dos días antes de mi cumpleaños llegó un pequeño paquete a casa. En el interior había una carta de 4 hojas de lado y lado. Mucho texto para alguien de pocas palabras. ¿Sería esta la forma de decirlo todo? Sí, efectivamente lo era.

A partir de ese momento, para bien o para mal, todo se volvió más intenso. Por un lado, me frustraba saber que, aunque comprara 99 maneki nekos para tener un ciento, no iban a traerme la fortuna que necesitaba. ¿De dónde iba a sacar tiempo y dinero para ir a Europa? Sabía que no iba a ocurrir un milagro, así que no lo engañé creándole falsas expectativas. Por su parte, él no pasaba de un “espero que algún día nos veamos”. Sin embargo, finalmente tenía la certeza que mis sentimientos eran correspondidos.

Unos meses después, Jorge empezó a preguntar cuándo terminaría la universidad, que si mis trabajos de freelance eran muy frecuentes y demás. Me sentí presionada y molesta a la vez. ¿A qué venía tanta preguntadera si yo jamás le dije que iba a ir a verlo? Le respondí cortante, el leyó mi mensaje y se desconectó. Pensé que se había cansado y no quería seguir envuelto en esa “pseudo-relación virtual”.

Días después me lo confirmó. Inició la conversación con un “No quiero estar más tiempo así”. Vi venir el “No eres tú, soy yo”; el “Mereces estar con alguien mejor” o un completamente razonable: “Esto no va para ningún lado. Dejémoslo ahí, tía”. ¿Cuál de las tres eligió? Ninguna. No quería seguir en esa situación y por eso vendría a visitarme. ¡No podía creerlo! ¿Cómo alguien que no dice mayor cosa aparece con el deseo de dar este gran paso? Tuvo que enviarme una fotografía del boleto para demostrarme que no estaba chingando. Me explicó que llevaba tiempo ahorrando y planeando el viaje, pero no quiso decir nada hasta estar completamente seguro de poder hacerlo.

El 19 de noviembre del 2013 un poco después de las 4:30 de la tarde, la distancia finalmente se reduciría a nada. Estaba decidido.

 

Empezó entonces la cuenta regresiva de 25 días. Me sentía ansiosa y un tanto preocupada. ¿Cómo reaccionarían mis papás? (Sí, vivo con ellos). ¿Y si no había química en persona? Y así, la lista crecía…

Tengo una buena relación con mi papá. Y, si bien hasta la fecha no sabe “la historia completa”, le comenté acerca de Jorge cuando llevábamos a penas semanas de hablar. Así que su visita no fue una gran sorpresa y de hecho, ofreció darle espacio en casa.

19 de noviembre. Eran las 6 de la mañana y yo, con la adrenalina a tope, estaba en pie. Ocupé el tiempo de la mejor manera que pude hasta que finalmente llegó la hora de ir al aeropuerto. Llegué cinco minutos antes que el vuelo aterrizara. Bajé del auto y -aunque parezca cliché- mientras caminaba, notaba cómo mi corazón se aceleraba. Revisé los horarios, el vuelo venía a tiempo y yo empecé a ponerme más ansiosa. Compré algo de tomar y volví a plantarme al lado de todos los que esperaban a los pasajeros del vuelo cuyo número no recuerdo ahora. Lo que no olvido es que repentinamente me invadió la pregunta: ¿Cómo debía saludarlo? Y que conforme pasaba el tiempo y salían los pasajeros, mi sonrisa nerviosa se tornaba en una expresión incómoda.

Finalmente lo vi llegar. Resultó ser un poco más bajo de lo que imaginaba y tenía una sonrisa nerviosa en su rostro. Levanté la mano y empecé a caminar hacia él instintivamente. Dijo “hola” y me dio un beso en los labios. Yo no pude articular una sola palabra, solo sonreía. ¿Estás contenta?, preguntó. Le respondí con otro beso. Nos tomamos de la mano, se sentía natural. Nos dirigimos hacia el carro mientras me comentaba del vuelo y lo que había pasado por su cabeza durante el viaje.

El trayecto desde el aeropuerto a casa no es tan largo, así que propuse ir a tomar algo antes. Nos detuvimos en un restaurante de comida rápida. Después de un café, de darnos varios besos, sonrisas nerviosas y decirnos lo felices que estábamos por vernos, finalmente nos dirigimos a mi casa. Conversó un rato con mi papá, pero se notaba que estaba fundido. Y cómo no estarlo, tras 11 horas de vuelo.

Al día siguiente quería llevarlo a conocer los lugares que frecuento. Sin embargo, el insistió que la primera salida fuera al zoológico. Comprendí que siendo veterinario, ese sería uno de sus lugares favoritos y que era probable que viera ciertas especies por primera vez, al menos en persona. Después, ese miércoles continuó con una pizza y un zapping de tv mientras nos abrazábamos. Los siguientes días visitamos museos, el Centro Histórico, la casa de algunos amigos y un centro comercial. La Antigua era uno de los lugares que definitivamente tenía que conocer, así que el sábado fuimos con dos amigos y la pasamos muy bien. Nos tomaron unas fotos y nos veíamos felices. Ese sábado en la noche volvimos a ser solo él y yo. Una misma cobija y una extensa charla nos acompañaron toda la noche. El domingo continuamos recorriendo La Antigua y la hora del regreso a la Capital se atrasó porque dependíamos de otras personas para hacerlo. Llegó un momento en el que no sabía de qué hablarle o más bien, no quería hablar. No estaba acostumbrada a pasar más de cien horas con una persona, de hecho, ni siquiera la mitad de ese tiempo y, sinceramente, empezaba a irritarme un poco. Esa sensación me acompañó mientras recorríamos Sololá, Petén e Izabal.

Se acababa el dinero, los días de estadía de Jorge y mi paciencia al ver Animal Planet cada vez que volvíamos a casa. Seguramente también se desgastaba la suya cuando sugería ver alguna película independiente o “alguna friki”, como él decía. Presté muchos juegos para Wii porque me había contado que le gustaban los videojuegos, pero jamás jugamos. No quería probar cosas nuevas, no le gustaba la comida y era fácil darme cuenta cuando pretendía que algo le parecía interesante o bien, no comprendía lo que causaba en mí, como cuando le mostré los bocetos de un proyecto de arte. Los últimos dos días los pasamos en casa dando nuestro brazo a torcer… Animal Planet por las mañanas, películas que me parecen unas genialidades por las noches.

Para el siguiente sábado por la noche elegí Eternal Sunshine of the Spotless Mind, probablemente a modo de lanzar una indirecta. Terminamos de verla a la 1:00 a.m. y caí en la cuenta que 24 horas después, Jorge no estaría más a mi lado. En efecto, no volvería a verlo en persona jamás. En ese momento, algo dentro de mí se quebró y él parecía intuirlo. Nos dijimos un “feliz noche”, acompañado de un abrazo que duró varios minutos.

Me quedé tumbada en mi cama tratando de descifrar qué sucedía conmigo. Desperté a las 11:00 a.m., con llamadas perdidas y un mensaje preguntando si ya estaba despierta. Yo solamente quería volver a dormir y así, evitar pensar en la situación, pero fue imposible.

Desayunamos y fue inevitable… empezamos a hablar de nosotros. Estábamos confundidos y tristes. Le dije que tal vez sería mejor dejarlo así y tomarnos un tiempo para pensar las cosas. Me sentía aturdida y no quería que mi familia lo notara, así que nos fuimos dos horas antes de lo planeado. Pasamos a comprar algunos regalos para su familia y finalmente, nos dirigimos al aeropuerto. Me dio las gracias por llevarlo a conocer el país y yo a él por visitarme. Las “palabras correctas” salían de nuestras bocas, como un diálogo prefabricado.

Llegó la hora de despedirnos. No quería verlo a los ojos porque sabía que los míos estaban llorosos. Respiré profundo, levanté la mirada y noté que él también la estaba pasando mal. A la fecha, no puedo explicar todo lo que sentí en ese instante y, sinceramente, no quiero escarbar en mi interior para encontrar la respuesta.

Jorge atravesó la puerta y volteó para despedirse. Levanté la mano instintivamente, así como lo saludé cuando llegó. ¿No volveré a verlo? Eso pensé y lo sigo pensando hasta hoy. Me reincorporé y sobrepuse mi lado cognitivo al sentimental. Volví a mi casa y a partir de ese momento ocupé mi mente y tiempo para no darle más vueltas al asunto. Jorge llegó a casa y optó por la misma opción. Aún tengo sus cartas, fotografías y en algún lugar de mi cuarto debe estar una playera que olvidó, que no quise tirar, pero tampoco tener tan presente.

Ahora yo tengo una relación nueva y él acaba de salir de una. Hablamos eventualmente para ponernos al día y estoy segura que no nos volveremos a ver.

¿Si me arrepiento? No.

¿Por qué pienso que no funcionaron las cosas? Pasar de no conocer a alguien a no separarse por más de dos semanas y sin interactuar mucho con otras personas no fue buena idea. Tuvimos una sobredosis de emociones en muy poco tiempo.

¿Aconsejaría a alguien involucrarse en algo así? Yo no pienso animar ni desalentar a nadie al narrar mi experiencia, al final de cuentas, cada relación es distinta. Necesitaba hacer catarsis de algo que sucedió hace unos años y la traduje en más de diez mil caracteres.

Astrid Morales

Soy una veinteañera que edita textos durante el día y busca historias invisibles por la noche. Amante del cine independiente, los vinilos, la fotografía. Me gustaría vivir en un mundo que se vea como una película de Wes Anderson y suene a Kraftwerk.