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Así me fue en la primera clase de parkour

Después de ver la facilidad con la que tres chavos se subieron al techo de la USAC, me llamó la atención saber de qué se trataba y, sobre todo, cómo hacen cada movimiento. Empecé a averiguar y así descubrí el parkour. Investigué y encontré que la única academia que enseña este deporte en Guatemala, desde hace más de cinco años, es Tobías Bros.

Cuando llamé, me contestó Alejandro Tobías, dueño y coach. Le comenté que quería saber más del parkour y si podía hacerle un par de preguntas. “Si en verdad querés conocerlo, tenés que practicarlo. Solo así vas a sentir lo que nosotros vivimos. Te espero en la próxima clase con tus cosas”, me dijo.

El equipo de la academia ha instruido a más de 200 personas en este deporte y actualmente cuentan con más de 60 estudiantes. Algunos de ellos forman parte del crew, como es el caso de Javier Grijalva, que inició a los catorce y ahora, a los veintidós, es uno de los instructores.

El equipo Tobías cuenta con 2 academias, una en San Cristóbal y otra en carretera a El Salvador. Entonces, al día siguiente llegué a la de San Cris con mi bolsón en mano y los nervios de punta.

Frente a un portón de malla, mi cabeza se llenó de preguntas que me hicieron dudar antes de ingresar…  ¿Qué me pondrán a hacer? ¿Podré hacerlo?

Lo único que sabía era lo que había investigado y visto en algunos videos. Ahí pude ver cómo los estudiantes de Tobías Bros logran desafiar la gravedad y los límites de su cuerpo. Además, la fortaleza física y mental de estos hombres es impresionante, ya que logran saltar de un edificio a otro sin mayor complicación ni miedo. ¿Yo sería capaz de eso?

Vi el reloj y ya solo tenía 15 minutos para poder entrar (o arrepentirme), así que respiré profundo y atravesé la malla.

Ingresé a los vestidores y comencé a cambiarme. Cuando salí, noté que todos entraban a la clase sin zapatos, entonces me los quité y continué hasta donde estaba todo el grupo.

Al rato llegó Alejandro. Me di cuenta que tenía un inmovilizador en la rodilla y aun así estaba listo para practicar con nosotros. Me saludó con un fuerte apretón de manos y una energía tan grande que evitaba que pudiera estar quieto. Hablaba tan rápido que me costaba seguirle el rollo a la conversación.

Inmediatamente me presentó a todo el grupo, era una clase de 10 personas. Alejandro comenzó a contarme un poco de su experiencia en el parkour, mientras movía una caja -de esas que solo había visto en los entrenamientos de gimnastas- y la llevó al borde de una piscina que se encontraba llena de esponjas. Rápidamente me explicó que debía correr hacia la caja e impulsarme con las manos para que al finalizar, pudiera caer sobre mi espalda. A este movimiento se le conoce como “desmonte”. Cuando llegó mi turno, el miedo era latente porque veía la altura a la que tenía que saltar, ¿y si caía mal?

Sin pensarlo, cerré los ojos, corrí y decidí saltar. Al estar en el aire, mi mente quedó en blanco y mi cuerpo se hinchó de adrenalina; cuando caí, mi corazón se encontraba a mil por hora y lo único que me pasó por la mente era, ¡quiero intentarlo de nuevo!

Al salir de la piscina de esponjas, me puse a platicar con Jose, un chavo de 18 años que estudia Administración. Él me empezó a aconsejar sobre cómo debía hacerlo: “recogé las piernas lo más que podás y pegalas al cuerpo”. En el segundo intento decidí seguir sus indicaciones y cuando iba en el aire, pude sentir que di una vuelta completa. Al salir me aplaudían, ya que sin querer, había hecho un backflip, que consiste en dar una vuelta hacia atrás mientras estás en el aire.

Luego de practicar un montón de veces mis caídas, Ale dijo que íbamos a aprender a hacer vaults, un movimiento básico del parkour que consiste en pasar el cuerpo por encima de una estructura mientras las piernas lo hacen a un costado.

Mientras esperábamos nuestro turno, los alumnos con más experiencia realizaban trucos en una cama elástica. Ahí estaban Aaron (14), James (15) y Jordan (18), tres hermanos que demostraban sus habilidades para realizar trucos en el aire. Jordan, el más pro de los tres, hacía varios movimientos con frontflips (mortal hacia adelante) y sus hermanos no dudaban en seguirlo.

Después conocí a Andrés (14), un chavo que lleva solo dos semanas en la academia. A pesar de esto, me di cuenta que era muy hábil y que no le tenía miedo a nada. Cada vez que lograba dominar algún truco, sus compañeros con más años de práctica lo retaban a realizar saltos y él, sin pensarlo, comenzaba a hacerlos hasta que los perfeccionaba.

Cuando finalizamos los vaults, nos enseñaron el monkey, que sirve para saltar obstáculos. La diferencia con el anterior era el posicionamiento de las piernas: esta vez las teníamos que pasar en medio de los brazos.

Ya entrado en calor, decidí hacerlo. Comencé a correr hacia el obstáculo y salté. Al aterrizar, Ale me corrigió la posición de las piernas y en mi segunda oportunidad, logré hacer el monkey con poca dificultad.

Al finalizar la práctica, Tobías me dijo que me quedaba un último reto y comenzó a mover un cubo de madera que medía aproximadamente 1.25m de alto.

Asustado, pregunté lo primero que vino a mi mente: ¿Desde ahí vamos a saltar? Me respondió que sí y al escucharlo, empecé a sentir cómo me temblaban las piernas.

En un abrir y cerrar de ojos, Alejandro ya se encontraba arriba del cubo, listo para tirarse y así lo hizo, sin dudarlo dio un giro en el aire y cayó.

Te toca”, me gritó.  

Subí al cubo y me quedé paralizado. Tenía que saltar hacia la caja que habíamos utilizado con anterioridad, para luego realizar un frontflip y caer en la piscina.

El resto de la clase empezó a gritarme desde abajo y entonces me animé a saltar.

Cuando estaba en el aire, no sentía nada más que la satisfacción de haberlo hecho.

Al final, salí de Tobías Bros cansado y lleno de sudor, pero con ganas de volver. ¿Lo volvería a hacer? Sí. Nada se compara con el arte de aprender a vencer la gravedad y enfrentarte a los límites que te impone el miedo.

 

Erick Martinez

Soy amante de los videojuegos y la tecnología. Diseñador y Dj por 10 años hasta que descubrí el mundo de la fotografía. Una Nikon es la óptica que me permite transmitir mi visión del mundo.